En Burgos hemos perfeccionado un arte singular: convertir lo sencillo en complicado y lo razonable en improbable. Mientras las ciudades de nuestro entorno electrifican sus autobuses con la naturalidad de quien hace lo que toca, aquí preferimos detener el reloj, mirar hacia otro lado y entregarnos a la épica del hidrógeno verde. Una épica que, por cierto, no mueve autobuses, pero sí titulares.
La decisión municipal es tan literaria que casi parece ficción: retrasar la electrificación de batería —que encaja como un guante en una ciudad de rutas cortas, cocheras centralizadas y distancias modestas_ para seguir apostando por el gas, una tecnología que ya era de transición cuando aún llevábamos Nokia en el bolsillo. Y, por si fuera poco, adornar ese retraso con la promesa del hidrógeno verde, ese horizonte que siempre está un poco más lejos, un poco más caro y un poco más verde pero lleno de humo.
Porque el hidrógeno verde tiene un pequeño problema que no cabe en los discursos: es ineficiente.
Para producir un kilogramo de hidrógeno hacen falta entre 50 y 55 kWh de electricidad renovable. Ese kilo mueve un autobús urbano apenas 10 y 17 kilómetros, dependiendo del modelo y las condiciones de la operación. Si a esto le sumamos el coste del hidrógeno, que en el mercado ibérico se situaba a finales de 2024 en torno a los 5,85 €/kg, el coste por kilómetro se eleva considerablemente en comparación con otras tecnologías. Y eso sin sumar hidrogeneras, electrolizadores, compresores y mantenimiento especializado.
Pero aquí seguimos, hablando de hidrógeno como si fuera sí o sí el futuro, mientras seguimos comprando autobuses de gas como si el futuro no importara. Es una mezcla extraña: por un lado, la nostalgia tecnológica; por otro, el futurismo subvencionado. Entre medias, la electrificación —la opción lógica, eficiente y madura— esperando pacientemente a que Burgos decida comportarse como una ciudad del siglo XXI.
Y no, el problema no son los valles de hidrógeno. Que las empresas privadas levanten electrolizadores, hidrogeneras y proyectos industriales con dinero europeo es legítimo. Europa quiere tejer una red y necesita nodos y los subvenciona. Perfecto.
Pero una cosa es construir infraestructura industrial y otra muy distinta es meter al autobús urbano en un ecosistema que, hoy por hoy, no es el suyo.
El autobús urbano no necesita hidrógeno. No lo aprovecha y no lo justifica existiendo otras tecnologías más baratas e igual de verdes. Y, desde luego, no debe pagarlo. Porque cuando se acaben las subvenciones, cuando la hidrogenera haya que mantenerla, cuando el hidrógeno siga siendo caro, la factura no la pagará quien se equivocó. La pagaremos todos.
Por eso esta columna no va contra el hidrógeno. Va contra la decisión municipal de retrasar lo evidente para abrazar lo improbable mientras se aferra a lo obsoleto. Va contra la incoherencia de vender futuro mientras se compra pasado. Va contra la tentación de confundir innovación con escaparate. Porque Burgos no necesita humo verde. Necesita decisiones sensatas.
El hidrógeno podrá ser el futuro de muchas cosas. Pero del autobús urbano de Burgos, desde luego, no.