reportaje

Raíces celtas del catar de "Los siete infantes de Lara"

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Si Irlanda (con los cuatro ciclos de relatos épicos), la antigua Britannia (Escocia y Gales con Gododdin y los Mabinogion) y Bretaña (con el ciclo artúrico) tienen una importante literatura celta, la Península Ibérica no iba a ser menos pues todos los pueblos del occidente de Europa tienen la misma base étnica y cultural celta de estirpe indoeuropea. Otra cosa es que no se haya conservado.

Ignacio Ruiz Vélez | 15/11/2018 - 18:16h.

Pero en esos países la literatura celta se escribió en fechas de la Alta Edad Media ya que anteriormente respondía a tradiciones literarias de trasmisión oral cuyos hacedores se correspondía con los aedos griegos como los bardos celtas o los juglares medievales. Estos autores recogían poemas e historias de hechos heroicos que se trasmitían de boca en boca siguiendo unas fórmulas constructivas de fácil memorización por ser una poesía rítmica con homofonías silábicas, con aliteraciones y tautologías y rimas para resaltar las palabras más importantes. Esas poesías o cantos épicos estaban vinculados  a la exaltación de los héroes y sus gestas (sobre todo el llamado "héroe fundador") y a rituales de banquetes de las elites sociales donde se cantaba y danzaba.

Algunos restos arqueológicos, como la estela de Valpalmas o de Luna (Zaragoza), con un escudo y un calcofón (lira) grabados, parecen indicar la existencia de aedos y poemas recitados durante el Bronce Final (1200-750 a.C.), tradición que se continuó en siglos posteriores. En la iconografía de la cerámica de la Segunda Edad del Hierro (400-llegada de los romanos) se representan mitemas o mitos de la épica céltica como la monomaquia del "Vaso de los Guerreros" de Numancia, del jinete heoizado de las monedas celtibérica y en las fíbulas de caballito, del "lobo primordial" en visión cenital que se come el sol en una gran vaso de Roa y muchos ejemplos más. Todos estos poemas se integrarán en las tradiciones populares donde se mantuvieron, en mayor o menor medida, hasta los momentos actuales. Por eso, precisamente, el estudio de algunas tradiciones etnográficas es muy importante para trastear en el imaginario popular aquellas vinculaciones con la mítica celta. Estos estudios están avanzados en algunas regiones españolas, como Galicia, el País Vasco, etc., y en estas tierras de la antigua Celtiberia hay reminiscencias de ello.

Precisamente en estas tierras de la antigua Celtiberia, hoy de Burgos y Soria, nacerán los primeros cantares de gesta de la literatura castellana (Poema de Fernán González, Poema de los Siete Infantes de Lara, Poema de Mío Cid) en los que se encuentran interesantísimos testimonios de la épica céltica a través de pequeños episodios de las hazañas de los personajes que nos vinculan al "héroe fundador" de la mítica celta, siendo pervivencias (residuos) de aquella literatura. Esos residuos o reliquias de la épica celtibérica han permanecido insertados en los cantares de gesta castellanos. Estas pervivencias ha sido bien estudiadas por autores como Fernández de Escalante, Delpech o Almagro, entre otros muchos.

El Cantar de los Siete Infantes de Lara

El Cantar de los Siete Infantes de Lara (habría que decir mejor Cantar de los Siete Infantes de Sala) es uno de los grandes poemas épicos de la literatura castellana que nació a finales del siglo X. Sus protagonistas son Rui Velázquez y Dª Lambra, señores del alfoz de Lara, tíos de los infantes, Gonzalo Gustios y Dª Sancha, padres de dichos infantes y señores de Salas que viven en unas tierras de la antigua Celtiberia donde las fuentes árabes indican que vivían unas gentes que no eran ni musulmanas ni cristianas. La supuesta afrenta de Gonzalo González, el benjamín de los infantes a Dª Lambra, desencadena la decapitación de los siete infantes a manos de Rui Velázquez. Para Delpech el tema esencial es el hijo, Mudarra, engendrado de forma especial fuera del matrimonio el cual encarna todas las virtudes de sus hermanos asesinados enfrentándose al personaje que los ha matado. Entonces, Mudarra aparece como el "héroe fundador" porque toma la venganza y refunda la dinastía familiar. Este mitema aparece en "La batalla del Boyne" en el Ciclo del Ulster y está presente también en la mitología germánica (Saga de Thidrek).

Por otro lado, siguiendo las teorías sobre mitología comparada indoeuropea de Dumézil acerca de las tres funciones o principios ideológicos de la realeza indoeuropea (los riks), y que asume Delpech, en este poema se muestra esa estructura trifuncional que aparece reflejada de forma evidente en los elogios elegíacos fúnebres que hace el padre, Gonzalo Gustios, a sus infantes, incluyendo también al ayo Muño Salido. Esas tres funciones se representan en los distintos infantes destacando dos de ellos, el pequeño, Gonzalo, y el hijo espurio, Mudarra, que aparece como la reduplicación de Gonzalo Gustios, su padre. Ambos aparecen como una pareja "dioscúrida", característica del dios celta Lug o del gran héroe irlandés CuChulainn.

Otro tema que encaja en el imaginario celta es el de ser hermanos septillizos, frecuente tanto en narraciones celtas (el texto de "El destino de los hijos de Tuireann que era uno de los Tuatha dé Danann, la última invasión de Irlanda; los siete guerreros que acompañan a la cabeza de Bran, "el cuervo"; o el héroe Caradawc, hijo de Bran al que su tío ataca a traición y mata a sus seis compañeros) como en la India (los siete Maruts), formando una fratría o männerbunde de carácter guerrero. Es curioso porque la tradición de los septrillizo se mantuvo en época ya cristiana como es el caso de los "Siete Santos de Bretaña" (referido por Delpech) o el romance sefardí de Salónica que trata de siete hermanos condenados a morir en el Pozo Airón, topónimo que también existe en el Poceirón de La Aldea del Pinar, una laguna de paso al otro mundo y donde se suicidó, según una versión del canto, Dª Lambra con su caballo blanco (el color blanco y el caballo son símbolos de la realeza y de lo divino trasmitida al mundo cristiano con el caballo blanco de Santiago).

Otros temas vinculados a esas reminiscencias célticas, podría ser la monomaquia o combate singular entre Mudarra y Rui Velázquez, o el elogio fúnebre del padre a sus hijos que también aparece en los funerales de Viriato (narrados por Apiano), o los ochenta elogios que hace el poeta galés Gododdin a 300 guerreros muertos. También en el Poema de Roncesvalles, Carlomagno se lamenta de la muerte de sus pares. Finalmente, también podría relacionarse con el rito celta de las "cabezas cortadas" del guerrero vencido como se muestra en los santuarios celtas del midí francés de Entremont, Rochepertuse, etc.

En los otros dos cantares de gesta, Poema del Mio Cid o el Poema de Fernán González, podemos encontrar muchas reminiscencias de ese fondo ancestral del imaginario céltico.

En homenaje a Abilio Abad Izquierdo

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